martes, 17 de septiembre de 2013

Que sean costumbre, sin ser rutina.



Todo el mundo tiene una trampilla, debajo de alguna alfombra, en lo alto de alguna buhardilla, interna, por supuesto: en su cabeza. Algunos un poco más oculta aún, en el falso fondo del corazón. Entre dobleces de cosas que siempre llevamos, una etiqueta, un roce de manos.

Un trampilla que abrimos para huir, cuando buscamos que todo vaya un poco mejor, que el mundo parezca más feliz, que el cielo tenga más color. Que los buenos gestos sean costumbre, sin ser rutina, de cada día.


Algo idealizado todo esto quizá, pero son nuestras ilusiones y las adornamos cuanto queremos.


Huimos del frío, buscamos un enero acogedor.


A veces, estas trampillas, no conducen a lugares, sino a personas. Y donde unos guardan un trocito de mundo, otros guardamos a quien hay detrás de una sonrisa. Y mira que hay que ser grande para sustituir a un pedazo de universo. Y mira que hay que ser grande, para que alguien te considere concepto de su bienestar. Para que alguien se atreva a llamarte, "felicidad".


                                                                                                         A.C.J.

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