viernes, 20 de septiembre de 2013

Pleamar para las palabras



Son horas bajas de la madrugada, el día es joven, la noche es larga. Pleamar para las palabras. Hora punta para las calles abarrotadas de nadie. De todas formas, cuando se llenan de gente tampoco abundan las personas.

Es el momento de escribir mensajes y no enviarlos, el momento en el que alguien decide tirar la piedra, y no esconde la mano- pasará a los libros de historia-, de las cartas sin destino pero con destinatario, la hora exacta del temblor del pulso y del desasosiego de los labios- maldito voto de silencio-, es cuando los ojos tienen jornada de (com)puertas abiertas, cuando las omisiones empiezan a pesar, y cuando las ausencias hacen acto de presencia. Es el momento ideal, para botar un barco, y llamarlo inconsciencia.

Cuando la luna contempla, más sola que ninguna, los desatinos de los pobres ilusos de aquí abajo. Tristes hombres, dan toda su vida palos de ciego y cuando no pueden más, miran al cielo.

Se ríe. "Más sola que la luna", dicen, pero no saben que la perspectiva vale cualquier pena. Ostenta, además, el título de testigo silenciosa. Es odiosa: cada noche, sabe exactamente quién ríe, quién llora, quién sufre y quién siente, quién añora. Y también a quién no le importa en absoluto.

Y todo eso, se lo guarda, para ver cómo nos descuartizamos, nos minamos unos a otros, desde dentro hacia afuera, hasta que finalmente el alma se muda: fue demasiado una vida entera.

Son horas bajas de la madrugada, pleamar para las palabras, y no hay nadie que escuche ahí fuera.
No hay nadie, que comprenda una espera.





                                                                                                                                   A.C.J.

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