jueves, 5 de septiembre de 2013

Volvía.

Las calles volvieron a llenarse. Las flores presidían la ciudad, de nuevo, desde lo alto. Y serpentinas kamikazes volando.
Volvían a escucharse risas de fondo, el estrepitoso silencio del aforo ilimitado. Volaban papelinas que nadie veía, tráfico ilegal de sonrisas.
Los papeles de colores volvían a rendirse a la fiesta dejándose morir, arrollados por las carrozas. Aceptaban ser pisoteados por el mundo, y a cambio eran testigos silenciosos de las historias más inverosímiles al calor de la confusión de la muchedumbre. Coriandoli, dicen los italianos.
Una flor, seca, recuerdo expreso de aquel mismo día, pero no de ese año.
Volvían. Todos volvían. También la idiota del corazón en llamas. Bajo la lluvia de confeti y la guerra de tambores y trompetas, por momentos aquello se detenía. Y por momentos, levantaba la mirada y lanzaba una especie de ultrasonido al cielo, que solo quería decir, "sácame de aquí", al tiempo que echaba amarras al suelo, para asegurarse de que nadie lo hiciera.


 A.C.J.







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