miércoles, 31 de julio de 2013

Adolece de ausencia

Tanto que vivir, y todos, tan ocupados en existir.


Quisiera rescindir,
descerrajar todos los grilletes,
eso sí, nadie puede decir,
que vengo con ribetes.

No quiero florituras,
ni florines,
nada de mosqueteros, caballeros,
ni flores, ni bombines.

No quiero camisas
con supuestos al uso de chorreras,
ni palabras de premisas,
que no son verdaderas.

No quiero cortesías,
y menos reverencias,
no hay verdad que no acarree,
una mínima violencia.

Adolece de ausencia,
pero acusa la presencia.

Cierra los ojos, recuerda.
sesenta y cinco millones de versos,
cuatro letras,
escueta.

Escribe,
se ausenta,
camina despacio hacia la obsolescencia.

Cierra,
y cuelga,
busca, callada, la estridencia.

Calmada, calada,
apura, conciencia.

Derruye, sentencia,
rehúye, ¿coincidencia?

Posa los ojos,
 carretera de suspiros,
 en la piel rastrojos,
presumible es el destino.

Respira sin prisa,
pero sin perder tiempo,
actúa indecisa,
pero férrea, de hielo.

Y forja los desvelos,
en la fragua de su bolsillo,
con más candor que Hefesto,
y no siempre con martillo.

No usa tenazas,
es inmune al fuego,
está hecha de sueños,
incandescentes pero tiernos.

Moldea, en lo que es el volcán de las palabras,
ríos de lava, encauzados,
sin filósofos que se arrojen a su vacío,
llora el Etna, eclipsado.

Susurra hasta la ronquez,
de un verano de ventisca,
y grita, hasta volver a su niñez,
que apenas lo divisa.

Un hilo de voz,
desde aquel niño calmado,
aún no lastimado,
que sonríe a corazón abierto,
desde las llagas del pasado.


 .















domingo, 21 de julio de 2013

Luces de candileja

En tu corazón, albergas tinta o sangre,
bombeas sueños o verdades.
Estás hecho de besos o de versos,
respiras aire o ilusión.

En el hatillo sentimientos,
y tira millas hacia la perdición.

Astillas de papel, y encajes desgarrados,
esquirlas de vino, y restos de bordados.
Puntillas demacradas, la cubertería en llantos,
luces de candileja, susurros de un candelabro.

A las arañas del techo, no les queda luz,
y las cortinas de terciopelo, no pueden ni moverse.

Los tapices, a zarpazos, gimen que lo vieron.
Las columnas, antes dóricas, lo sufrieron.

En sus grietas, se cuenta la historia.
El desastre, su única memoria.

La caída del imperio de tu risa,
y de la curvatura de tus labios,
el declive de una brisa,
no es culpa de los años.

Cuentan las líneas, el cuento de un alma, que se dio a torcer.
Que se inyectaba todas las realidades menos la propia,
no pudo ser.


A.C.J.

martes, 16 de julio de 2013

A modo de caricia contenida.






Entonces, ahí está. Ves la piedra. Tu piedra. No eras sin ella. Pero sí era sin ti. A veces, todo tu suelo. No se ha movido, sigue ahí plantada. No ha cambiado nada. Al fin y al cabo, las piedras no respiran.
Solo puedes ampliar el gesto, bajar la mirada y, finalmente, sonreír. 

 A modo de caricia contenida, para ese niño que tropezaba. Para él, que hubiera caído una y mil veces más. Para él, con el que tanto has vivido. Para él, que no es otro sino tú mismo, un poco más crecido. Un poco más alto, un poco más rápido,  un poco más fuerte. Un poco más. Entonces, ahí está: eres tú el que ha cambiado. 


A.C.J.
   

Sonrisas de alfiler.

Cierra los ojos. Sientes el aliento de las punzadas que te persiguen cada noche en la nuca. Sientes los sueños mezclarse con agujas. Sientes las grietas, abriéndose paso desde dentro. Las palabras, sonrisas hechas de alfiler. Las miradas, todo quedó en un ayer, que prometió llegar mañana, pero que nunca coincide con hoy. Llevas el alma siempre en ascuas, los pasos se vuelven incendiarios, el camino que marcan, parece siempre arbitrario.

Escritos a fuego, quedan los momentos importantes, los pensamientos determinantes, sobre la piel. Arrugas que narran, que ríen, que callan. Una gota de lluvia, un despertar, cada desvelo. Micro-segundos para pintar el universo.

Arañazos a colgar de la pared. Millón y medio de cicatrices, no todas con su porqué. Dibujar a base de desgarros. Que toda colilla, fue una vez cigarro. Vacío en el tintero, rasguños, tiznas de carbón. De mimbre, el corazón.

Dale un segundo, lluvias torrenciales y se nubla la visión. Cien hojas, no mueven lo que una buena canción.
Y si revientas por dentro, puedes comprobar hasta dónde llegan los pedazos. Merece la pena mantenerse en pie para volver a caer, si el trayecto se puede realizar a plazos.
A.C.J.