viernes, 20 de septiembre de 2013

Pleamar para las palabras



Son horas bajas de la madrugada, el día es joven, la noche es larga. Pleamar para las palabras. Hora punta para las calles abarrotadas de nadie. De todas formas, cuando se llenan de gente tampoco abundan las personas.

Es el momento de escribir mensajes y no enviarlos, el momento en el que alguien decide tirar la piedra, y no esconde la mano- pasará a los libros de historia-, de las cartas sin destino pero con destinatario, la hora exacta del temblor del pulso y del desasosiego de los labios- maldito voto de silencio-, es cuando los ojos tienen jornada de (com)puertas abiertas, cuando las omisiones empiezan a pesar, y cuando las ausencias hacen acto de presencia. Es el momento ideal, para botar un barco, y llamarlo inconsciencia.

Cuando la luna contempla, más sola que ninguna, los desatinos de los pobres ilusos de aquí abajo. Tristes hombres, dan toda su vida palos de ciego y cuando no pueden más, miran al cielo.

Se ríe. "Más sola que la luna", dicen, pero no saben que la perspectiva vale cualquier pena. Ostenta, además, el título de testigo silenciosa. Es odiosa: cada noche, sabe exactamente quién ríe, quién llora, quién sufre y quién siente, quién añora. Y también a quién no le importa en absoluto.

Y todo eso, se lo guarda, para ver cómo nos descuartizamos, nos minamos unos a otros, desde dentro hacia afuera, hasta que finalmente el alma se muda: fue demasiado una vida entera.

Son horas bajas de la madrugada, pleamar para las palabras, y no hay nadie que escuche ahí fuera.
No hay nadie, que comprenda una espera.





                                                                                                                                   A.C.J.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

La brisa, marina. Y las palabras, con nitroglicerina.

A veces, o escribes sobre papel, o déjalo. Si no vas a querer de verdad, ni lo intentes. La risa, a carcajadas. Los tontos, a patadas. Así que intenta no ser como todos.
Los retos, se rompen y las penas, se superan, nadie dijo nada de olvidar.

Los secretos sólo lo son cuando nadie más lo sabe. Y ya todos nos hemos dado de bruces con el famoso "nunca es tarde." . Si quieres algo, a por ello. Porque, por si la memoria te falla, ya pediste préstamos al tiempo, y tuviste que pagar con intereses cuadruplicados.

Las promesas, nunca al aire. ¿No sabes que puedes ilusionar? Y, la verdad, no hay nada más hermoso. Pero tampoco más peligroso. Ni nada más silencioso, que una ilusión despedazándose. Porque, al fin y al cabo, nadie oye a un corazón resquebrajarse.
Y sus esquirlas se clavan por dentro. Enfriando la sangre. Atrofiando los latidos y atorando los sentimientos; Algunos ingenuos lo llaman madurar.

No olvides, que no hay nada de malo en llorar- tampoco se trata de acabar con las grandes sequías en el mundo. Pero es garantía de haber sentido de verdad. Un viejo amigo me dijo, en su día, que nunca hay que arrepentirse de eso. No tardó mucho en desertar. En olvidarse, en echar a volar.

Cuando los ojos te pesen tanto como a mí, tanto, como los motivos para seguir, ciérralos.

Ciérralos y no temas dormir, porque, aún a riesgo de chocar con el despertar, de caerte al vacío, de dejar una pesadilla a medio acabar; aún siendo difícil de encarar la realidad, si te da motivos suficientes para avanzar, nunca, nunca, será en vano el soñar.
A.C.J.

martes, 17 de septiembre de 2013

Que sean costumbre, sin ser rutina.



Todo el mundo tiene una trampilla, debajo de alguna alfombra, en lo alto de alguna buhardilla, interna, por supuesto: en su cabeza. Algunos un poco más oculta aún, en el falso fondo del corazón. Entre dobleces de cosas que siempre llevamos, una etiqueta, un roce de manos.

Un trampilla que abrimos para huir, cuando buscamos que todo vaya un poco mejor, que el mundo parezca más feliz, que el cielo tenga más color. Que los buenos gestos sean costumbre, sin ser rutina, de cada día.


Algo idealizado todo esto quizá, pero son nuestras ilusiones y las adornamos cuanto queremos.


Huimos del frío, buscamos un enero acogedor.


A veces, estas trampillas, no conducen a lugares, sino a personas. Y donde unos guardan un trocito de mundo, otros guardamos a quien hay detrás de una sonrisa. Y mira que hay que ser grande para sustituir a un pedazo de universo. Y mira que hay que ser grande, para que alguien te considere concepto de su bienestar. Para que alguien se atreva a llamarte, "felicidad".


                                                                                                         A.C.J.

viernes, 13 de septiembre de 2013

"Entonces, escribo"

Que por qué escribo cosas tristes. Y que por qué parece que visto mis paredes de luto por dentro. Yo bajo la mirada. Digo que contrasta con las luces de fuera, no deja de ser cierto.
Es complicado. No quiero que me tomen por loca. Ni tampoco me llena que lo hagan por cuerda.
No se escucha nada,  las palabras, como un arpón: silencio de negra.

Hay una extraña belleza en la tristeza. Párate a pensar. Las canciones más bonitas, son las de quebranto. Las poesías no escritas, se descifran entre llantos. Hay algo, en una tela desgarrada, que la acredita como superviviente.

Quiero decir, que hay algo de poético en esa frialdad que dice ser auto-suficiente. Claro que mientras no miramos, se descose a navajazos la sonrisa de la que depende.

Licencia para reír en un mundo hiriente.


  A.C.J.

Ecos.


Y así, poco a poco, la fue perdiendo. 

Se alejaban hasta hacer insalvables las distancias. Él, orgulloso. Con carrera en la vida. Ella, perdida. No era más que una cría. Esa realidad sólo se repetía. Una cría. Una entre mil millones. Posiblemente de ésas que hay a montones.
Como tal la trataba, jugaba al continuo juego del despiste. Ella prefería pensar que la vida era un chiste. Con pequeños tiempos muertos, inútiles intentos.
Decidió que tendría que conformarse con observar desde lejos. Con estar a su lado sin estar con él. Con despertarse y volver a cerrar los ojos sólo para imaginar que estaba a su lado. Con esperar a ver cómo sonríe si recibe una flor el día de su cumpleaños. Ver cómo se enamora. Morirse de pena cuando llora.
Tendría que vivir con ello. Saber que todo eso pasaría. Cualquier otra, más guapa,más lista, con más antigüedad en este mundo a veces anarquista. Pero algún día, ella crecería.
Estaba segura.
Entonces, él tendría que vivir con que un día la tuvo. Un día fue suya.

................ Fechado a un seis de-no dulce- noviembre de 2011 cualquiera.  .................. 

Escribe idiota del futuro a idiota del pasado, ¿me recibe?
Ese día, 
ha llegado.                                                                                                             A.C.J.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Más etéreo que el olvido, el recuerdo, el reencuentro.

Hay ocasiones, en  las que el choque de dos recuerdos, es responsable de ondas expansivas, que podrían considerarse lo más gélido, de la guerra fría.

 Dos miradas se entrelazan. Se crea una corriente al momento. Y parece que quieren conocerse desde siempre, por fuera y por dentro.


No recuerdan bien. Tienen la sensación de haber coincidido en alguna otra vida. O de tener alguna pendiente en común.



Las líneas, resultan conocidas. Dos miradas perdidas se encontraron. Una niña y un niño. Juntos, sin tocarse, y de la mano.


La piel marchita, las arrugas infinitas. Historias que se ahogan en una sonrisa, que surca una cara, doblegada a las inclemencias del tiempo.

Se pronuncian primero los labios: se curvan hacia arriba. Pero despacio. Muy despacio. Ya hubo tiempo de correr, y ya saben lo que es salirse por la tangente.

Por unos segundos, se agrieta el muro de cristal, se resquebraja el velo del olvido.

Una chispa prende los ojos que un día conocieron, el cariño de otro ser vivo.

Ella no entiende, por qué le tiembla el pulso.

Él no comprende, cuándo la juventud cayó en desuso.

Se miran  las canas, unas cuantas lloviznas más viejas. Como si fueran metáfora del sueño que ha dormido sus desvelos. Ahora son dos extraños, atrapados en una realidad que solo conocen ellos. Y confunden caras, días, y persiguen sueños.


Alguien le ha dado un nombre a esa situación, pero es más fácil decir que sólo han olvidado recordar quiénes eran, quiénes son.


Y esas caras, que se miran, se han rozado en el viaje de la vida, y han significado tanto, que se recuerdan incluso sin saberlo. Y el recuerdo produce un instante de lucidez, que dice más de lo que puede decirse en años enteros de ella.


Se miran, y entienden, de pronto, antes de volver a preguntar "¿Disculpe, le conozco?".


 A.C.J.











Volvía.

Las calles volvieron a llenarse. Las flores presidían la ciudad, de nuevo, desde lo alto. Y serpentinas kamikazes volando.
Volvían a escucharse risas de fondo, el estrepitoso silencio del aforo ilimitado. Volaban papelinas que nadie veía, tráfico ilegal de sonrisas.
Los papeles de colores volvían a rendirse a la fiesta dejándose morir, arrollados por las carrozas. Aceptaban ser pisoteados por el mundo, y a cambio eran testigos silenciosos de las historias más inverosímiles al calor de la confusión de la muchedumbre. Coriandoli, dicen los italianos.
Una flor, seca, recuerdo expreso de aquel mismo día, pero no de ese año.
Volvían. Todos volvían. También la idiota del corazón en llamas. Bajo la lluvia de confeti y la guerra de tambores y trompetas, por momentos aquello se detenía. Y por momentos, levantaba la mirada y lanzaba una especie de ultrasonido al cielo, que solo quería decir, "sácame de aquí", al tiempo que echaba amarras al suelo, para asegurarse de que nadie lo hiciera.


 A.C.J.







lunes, 2 de septiembre de 2013

Aún por mecer.

Ahora que calla la luna,
el crepitar de las notas viejas,
marchitas aquellas letras,
que no saben qué decir.

Es ahora, que pareces dormir,
cuando vengo a susurrar,
de las cavernas que hay en mí,
mis ecos de frialdad.

Mis grietas de amor, justicia, y soledad.
Mis piedras, son mil, caminos por andar.

Sonreír, se puede sonreír,
hasta que el sol deje de brillar.
Pero lo de vivir, eso,
 necesita más continuidad.

Mis vacíos, mis avernos,
mil abismos.
Mis miedos, mis inviernos,
son los mismos.

Las palabras, para agujerear la piel.
Los clavos, serán esta vez cincel.

A tratar, antecedentes de futuro,
 futuros de antes de ayer.
Gestos deleznables,
motivos, para dejarlos ver.

Razones, para ser.
Dolor, hay que crecer.

Risas, para saber,
que la cuna de cada mañana,
está aún por mecer.
 A.C.J.



Si se oye un "siempre", corre.

Nadie va a estar ahí siempre. Nadie es incondicional. Nadie va a estar para recogerte,  así que procura no caerte.
La teoría de la bondad natural, queda bien escrita sobre un papel, con un par de firmas. Pero son pocas y ficticias las personas buenas por naturaleza. 
Si se oye un "siempre", corre. Pero en dirección contraria. Normalmente no esconden nada bueno. 
Ojo con los "te quiero" y similares,porque si fueran puestos a examen, ni la mitad pasarían la prueba de autenticidad.
No dependas de nadie, nunca. Si no puedes evitarlo, busca un puente lo suficientemente alto y ataja, porque más vale.
Entre todo esto, hay, a veces, pequeños puntos de luz. Las llamadas "excepciones". Personas que hacen que sonrías, que brillan de por sí. Ésas que a veces parecen incomprensibles, pero a las que al mismo tiempo, podrías llamar hogar.
Ésas que sabes que merecen la pena.


A.C.J.

Está excusado si alguna vez le duele el pecho.

Hoy, vi llorar a un chico. Al más fuerte, al más grande, al más niño. Al más entusiasta, al que quiere ser el número uno entre los números uno. El que lo da todo en cada paso. El de la sonrisa inmensa.  El que nunca imaginas destrozado.
Y en ese momento se me antojó tan grande, que desde entonces no queda sitio para duda alguna, de que está excusado si alguna vez le duele el pecho, por tener semejante corazón.
Y en cada sollozo, vi a otros tantos. Y  todos tenían el mismo puñal hendido, sacado con giros de muñeca, que disfrazan en forma de inocentes mariposas.

A.C.J.