sábado, 4 de enero de 2014

Acelera como nunca. Es decir, como siempre.

Y, ¿ese momento?

Ese en el que su cara queda enmarcada entre un montón de luces, y un fondo desenfocado. Cuando su piel es más tersa, sus ojos más grandes. Y su alma, su alma inmensa. Casi puedes tocarla. Se sale, por cuatro costados. Y desborda, algo inunda el tiempo y lo retiene durante unos segundos. Lo ralentiza, podríamos decir que lo calma. Que apacigua la furia con la que desgarra de pasada, como sin querer. Como negando que en ello, encuentra placer.

Y luego, luego lo suelta. De golpe. Y pierde el aliento en rehuir dilaciones. Por haber refrenado, acelera. Acelera como nunca. Es decir, como siempre. Y parece que ese instante en el pendías solamente de sus ojos, capaces de doblegar unas manecillas de reloj, ha sido más breve. Y más denso.

Y lo recordarás toda la vida, como una piel recuerda al hierro candente. Como se recuerda, a lo que se cobra la muerte. Que encima, viene pidiendo propina.

Lo recordarás, como recuerda una huella, a su precedente. Como recuerda el amor, a la inquina.

Como las olas, a todo lo que hiciste frente.

 A.C.J.

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