martes, 11 de marzo de 2014

Le gustaban tanto las películas, que vivió creyendo que podía dejarlo todo tras una pantalla. Y pasó la vida.

Me trataba como a una hermana pequeña.  Tal vez por eso lo quise como a un hermano mayor. Tal vez por eso todo comenzó con el cariño más puro.

Pero nadie nos prepara para que ese cariño se vaya.

 Se marchó. Desapareció sin mirar atrás.  Y me quedé ahí, temblando, porque no quedaba nada. Billete de ida, destino, realidad. El placer fue suyo.

El tiempo pasa. Supongo que todos crecemos.

No sabía que volvería sin avisar.
No sabía que yo abriría de nuevo la puerta, y tardaría medio segundo en quitar las cadenas que la aseguraban.
No podría haber sabido que vendría con intenciones distintas.

Pero no puedo decir que no supe, desde que llamó, que volvería a hacer lo mismo. Y si cargas con el riesgo, cargas con la culpa.

Me miraba de otra forma.

 << Que nadie te llame nunca pequeña. Eres mi pequeña, y siempre lo serás >>

- Iré a buscarte cuando salga del trabajo, te llevaré flores, ¡no me puedo creer que nunca te hayan llevado flores! E iremos a cenar. Me dormiré acariciándote, me encantan los mimos.

Y diluía sus palabras en licores de quizás.

La ilusión emborracha y por consiguiente también nubla los sentidos. Por eso hubo una segunda lectura a la que nadie prestó atención. Y es que los mimos, al fin y al cabo, no dejan de ser actores. Y lo que los actores dicen durante la película, muere a golpe de claqueta. 

Películas que envuelven, que atrapan. Que aturden y cuando acaban... cuando acaban... ¿Ya?¿Eso es todo? No recordabas que todo eso que estabas viendo era un rayo de luz estrellado en la pared. Que la mujer que lloraba interpretaba un papel. Que la chica de las escaleras era una actriz y ahora se va a ver a sus hijos; que el chico de los dibujos luego tiene otro anuncio que rodar.

 Claro que sabías que no era cierto. Sabía que no era de verdad.

Pero en realidad todo eso daba igual. Era esa sonrisa la que importaba. Eran las palabras vibrantes y el aire viciado de planes.

 Así era. Así fue. Como una película que no sabes cuánto va a durar. Sabes que acaba, de hecho sabes cómo, pero prefieres sumergirte como si no fueras consciente, disfrutar de esos momentos de tensión,
 y fingir que aún no sabes quién es el asesino.

Luego, sus palabras se apagan como una vela, y de ellas, no queda ni la cera. Sólo dejan una cortina de humo que es incómoda para los ojos. Y un arma blanca sin intención en la puerta, que creo que siempre cae en la huída.

Pero les da igual, porque ya no están. Y no tienen que arreglar los cuadros rotos. Nadie se ha ido dejando la cama deshecha ni les preocupan los destrozos. Que los pague la poesía, como dijo quien pedía perdón al amor.

Y hoy, alguien ha usado ese vocativo, y no he notado movimientos de tierra a ochocientos kilómetros. El sol sigue saliendo igual y nadie se ha inmutado. Es más, he sonreído.

 He sonreído, y no he llorado.






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