domingo, 27 de abril de 2014

Harapienta fortuna.



Llantos, tortura, estallan.
Se clavan, disparan, las garras.
nos apresan y retratan,
nuestro terco porvenir y la desgana.

La desgana con que ganan.

¿Quiénes? Los que labran sus bienes sin más tesón,
que el de la destreza con que manejan la guadaña.

Con la muerte en vida de otros, purgan sus almas.

Exprimen, pero a distancia.
Sin mancharse las canas,
que tiñen al aire,
cobrizo hojalata.
¿Qué harán mañana?

Cuando en sus tronos,
contemplen lo acumulado,
¿les calentará la cama?

Llantos, tortura, naufragios,
bramidos y rugidos acallados.
Encalados.

Cuántos han muerto para saciar su caprichoso desencanto.

Cuántos han visto su vida desde una única perspectiva, la del suelo,
que obtuvieron partiendo su espalda,
curtiéndose al sol,
con murmullos de esperanza,
y luego,
luego decepción.

Cuántos se han labrado con manos ajenas,
astilladas,
cortadas por la pena.

Cuántos subsistieron para que otros vivieran una vida,
que aún teniendo en la mesa ambrosía,
yo nunca llamaría plena.

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