sábado, 12 de julio de 2014

Sonreía, y eso le bastaba.

Sonreía,
sin razón rebuscada.

Sonreía por el mero hecho de existir.
Sonreía, y le bastaba, era una forma de sentir.
                                                
Sonreía como lo deben de hacer las mamás primerizas de madrugada,
los jóvenes en ascuas,
y los niños cuando se les ocurre alguna genialidad por la que "alguien"
 se va a enfadar.

Y que aún así, hacen.

Con esa sonrisa vibrante,
excitada, exultante,
 y que se revela, silenciosa, en las comisuras,
como entusiasta, expectante.

Y ante todo,
felizmente aterrada.

Despavorida, amedrentada,
ante esa enorme, descomunal ignorancia:
 la suya.

Y embelesada,
por no tener el cómo, ni el qué, ni el cuándo,
ni mucho menos el dónde.

Maravillada ante la idea de irlos despejando;
de vivir.

Porque lo de menos, es contarlo.
Lo de más, disfrutarlo.
Ser feliz.

                                                                      A.C.J.

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