miércoles, 26 de febrero de 2014

Microrrelato. Ésta fue nuestra historia.

Ella le llevó flores cada mañana durante toda su vida. Un día él la miró, le brillaban las pupilas. "Tengo algo que decirte"- declaró, bajito, acercándose. El corazón en cuclillas. Cogió aire.

 -Las prefería amarillas. 

                               
                                              A.C.J.

lunes, 17 de febrero de 2014

Donde duele, inspira.

Donde duele, inspira,
respira, despierta.

Expira, deserta,
¿Recuerda?
No; reinventa.

Más bien revienta,
impacto efusivo de letras,
herida por arma negra:
palió con el tintero sus penas.

Ahora tiene versos en vena,
y desde entonces,
son tres lunas las que llena.

Y seis, las que vacía.

Alma de pie quebrado para acompasar una vida.

Ha borrado de su diccionario la palabra inefable,
¿y quién es nadie para decir lo que vales?
la vida, no cuenta por años, sino por lo que haces.

Donde duele, inspira,
respira, despierta.

Cuidado con las musas que te alimentan,
que no son otras sino a las que tú sustentas.

A las que duermes,
y esperas.

Busca la esencia,
siempre a tientas.
Piensa, escribe,
experimenta.

Corta, vive,
 cae, levanta, sigue,
¿a qué esperas?

Repite,

hasta que sientas.




                                                                  A.C.J. 

domingo, 16 de febrero de 2014

Lluernes i penya-segats.



Estará en París, con cualquiera. E irá a Nueva York, con la siguiente.
Tal vez Berlín con la siguiente de la siguiente. Allí conocerá más. Y quizás el tedio lo atrape con la de después.

La rutina lo alcanzará, tal vez, por vez primera cuando al besar unos labios, los sienta antes de tocarlos. Cuando sepa qué es lo que va a decir, cómo va a torcer la boca, y cómo va luego a bajar la mirada. Cuando sepa incluso qué sábanas pondrá ese día en la cama. Si le gusta la previsibilidad, poco a poco quedará aturdido. Mecido, dormido, entre un revoltijo de costumbres por pacto implícito. Puede incluso que se casen, ¿tengan un hijo? No sé si en ese orden. O que vayan lejos, tal vez Reino Unido, a vivir sueños que ya no modifican. Por lo que tampoco respiran.

A vivir aventuras planificadas, y sorpresas con horarios. A imponer lo de siempre, a comprar la risa a plazos. A vivir al son de una alarma que marca cuándo entras, cuándo sales, cuándo puedes pensar en marcharte, y durante cuánto tiempo. Cuándo puedes gritar y cuándo has de pensar en silencio.

Cuántas veces ha de latir el corazón por minuto, acuerdo previo. Si son demasiadas te llevarán a reparar, te ofrecerán cursos de cómo ser un autómata más.

Y así quedará ahogada su eterna sed de risa, su alma incansable, su hambre de mundo. Sepultada bajo la capa de la "cómoda infelicidad"- de la que me enseñaron a huir.

Con todo hecho, envasado al vacío, con una vida prefabricada. Y yo, para eso, prefiero una lacerada, pero más personal.

Puede que vuelvan a su tierra natal, que le vio crecer, que busquen una casa y pongan su nombre en el buzón. Que conozcan una ciudad en la que no sepan perderse. Que pasen por la vida sin sentirla caminar. Que recorran con los ojos cerrados fronteras, lluernes i penya-segats.

O puede que sea perfectamente feliz durante toda su vida, y conozca lo que es volar sin subirse a un avión. Uno de tantos. Lo cual, francamente, es mi opción favorita.

En cualquiera de los casos, ni hoy ni mañana se acordará de mí. Ni probablemente dentro de veinte años.

Y me da igual. Porque yo sí. Yo sí, y no voy a olvidar. Y cuando la gente entre a mi vida, no voy a pedir perdón por el desorden. Les pediré que no recojan ese jarrón de porcelana roto que tengo en la esquina superior derecha, ni esas copas ladeadas con voz suave y un acento musical. Porque yo las dejé ahí. Y son parte de mi mobiliario, que a veces es caótico y desconcertante.

Otras veces quiere ser exacto.

Y que tampoco quieran matar a mis monstruos, porque no están bajo la cama, sino en ella. Y se tapan con lana enhebrada promesa a promesa, de las de "te iré a buscar", de las que dicen llámame cuando no puedas más. De las que suenan a kilómetros mientras te duermes. De las que desaparecen. De las que nunca dejan de estar en ciernes. De las de siempre.

Que no luchen para callarlos, porque también son míos. Y cuando lloran, los abrazo. Simplemente, que sepan hacer lo mismo.

Que si me quieren, los quieran. Y si los odian, que me odien a mí también. 

Y, confieso, que  los que no son sólo diferentes sino feos, feos a rabiar, los que transmiten el dolor de saber con la mayor intensidad; los que saben de sonrisas de alfiler; los más profundos, y, por representar la esencia humana, los que son de verdad difíciles de querer; ésos,

ésos son mis favoritos. 









                A.C.J.