viernes, 25 de julio de 2014

Importancia a lo insignificante.

Corazón,
mi pequeño armatoste de piedra,
yo conocí siendo niña la alegría
en la tristeza.

Y no te creas,
volaba casi tanto como aquellos pegasos,
esos de madera.

Y las vistas,
¡qué bonitas eran!

Pero menos mal, me di cuenta,
también hay otras formas de belleza.

Resultó que pueden ser tan bonitas las dudas,
como las certezas.
Que el vértigo, a veces, salva vidas.
Y que no todo lo arregla una cerveza - pero casi-.

Resultó que sobre tierra firme,
también había cielo;
Que los barcos sin arrecife
arriban a mejor puerto.

Y todo eso,
todo lo que solíamos dar por hecho,
la importancia de ser feliz,
y la inconsistencia de lo venidero,
todo eso,
 resultó ser cierto.










Dorm

Mira,
a tus pies tienes la ciudad,
tan bonita, tan callada,
tan verdad.

Tan silente,
tan ausente,
y, siempre,
 ese tono maternal.

Mira,
escúchala callar.
Las luces reflejadas
se estrellan contra el mar.

Mira,
mira qué quieta está:
acuna en sus entrañas
poesía, y soledad.

Tan recia, tan terca,
y a la vez tan fácil de tratar;
heridas de reyerta,
y cuentos de ultramar.

Guarda en su regazo
esquirlas de luna,
de vino,
y de sal.

Mira, a tus pies,
durmiendo la ciudad,
tan inmensa, tan fulgente,
tan llena, tan verdad.


A.C.J.






Anecdótico, y ligeramente demente.

El caso, es que no sé cómo decirte que en otra vida has debido de quererme.
Y yo, me he debido de pasar de frenada.

Derrapar, dar un par de vueltas de campana, y quedar atrapada en el vehículo.

Y apuesto, incluso, a que fuimos felices. A que vivimos al Este, y no lejos del mar. Apuesto a que fue una vida bonita, larga y tal vez tranquila.

Total, hubo de serlo para albergar
hoy un afecto hacia ti tan grande como inmotivado.
Para importarme, sin razones, de verdad.
Para desear que te cuides, y te cuiden, tanto,
como yo debí de procurar.

Y recuerde todo el mundo que "deber de" indica probabilidad.

A.C.J.






Sin nota de despedida.

Se fue. La piel de porcelana, los ojos curiosos, las manos indiscretas. Murió la terquedad incorregible, y la has cambiado por una terrible pesadez en tus piernas.Ya no ignoras, y dominas el arte de la paciencia, y vaya, parece que el tiempo sí ha hecho mella, ¿qué ha pasado con esa sonrisa traviesa? No, no esa. Digo la que derrochaba inocencia.

Son tus recuerdos los que te alimentan, y nada, nada los supera. Por eso, cada vez te importa menos el mundo,
 y todo eso que conlleva su existencia.

Contemplas. Ahora todos viven rápido, y nadie espera. Tampoco ya nadie entiende tu letra, hace tiempo que el pulso también te abandonó. Por eso has dejado junto a la mesa, un montón de cartas, aquellas que nadie leyera. Tras tanto tiempo, has mantenido conversaciones incluso con las aceras. Y a menudo respondían de forma más inteligente que aquellos que pasaban sobre ellas-nada extraño-.

Has hecho pulseras con todas las cuentas, y conoces, no todas, pero sí muchas barreras. Qué bonitas eran tus piernas. Me han dicho que circulaban incluso poesías sobre tus caderas. Y vaya, imagina si te vieran.
Si te vieran les faltarían letras. Has cambiado de veras. Tienes la piel tan delicada como un pergamino de vitela. Tienes unas manos frágiles, arrugadas, y perfectas. Y unos ojos que desafían a cualquier guerra, y aún así, la mirada siempre tierna. Tienes algo más valioso que todo lo que perdiste, tienes experiencia. Y un alma inmensa.

Has visto marejadas, llanuras y tormentas. Has soportado el mar y su estridencia.Y llevas, a la espalda, alegría, risa, nostalgia y tristeza. No se sabe cuál a más leguas. Pero ya no das más vueltas.

Si te vieran... si te vieran sabrían que eres bella. Que el tiempo sí tiene huellas, que vivir a corazón abierto arrasa, y los sentimientos, a veces, te dejan en un continuo estado de posguerra.
Si te vieran; pero no te ven. Ahora que tienes tanto que decir, y ya nadie se sienta. 

Y cada mañana vas al mar, y te asomas impertérrita, por las barandillas carcomidas, mudas de violencia. El óxido, que avanza, y tú que te aferras. Tú te quedas. Quisieras quedarte para siempre, a ver las olas de nuevo romper entre tus piernas. Quisieras ser partícipe de todas las historias que los pescadores llenan de sirenas. Quisieras quedarte y que todo dejara de existir, y encontrar esa paz, que da la tierra. Y el mar sigue rompiendo, y salpica la barandilla, y tus manos, que ya no tiemblan. Y te llama. Y por eso, tú,  te quedas.




               

A.C.J.   /   J.S.B.                                         Fotografía: Javier Saldaña Blanco








                       

sábado, 19 de julio de 2014

De tu risa, y otros sonidos.

Recuerdo la risa que me pasé horas, días, imaginando.
La recuerdo como la imaginé, y no como la escuché.

Simplemente
porque en mi mente sonaba clara y distinta,
diferente.

Como sonaban tus palabras pendiendo
con pinzas de las cuerdas de tu voz.

Como suenan las letras en un papel
que solo habla a su lector;
un paisaje lejano en una fotografía;
O una canción de autor.

Sonabas a borbotones
de agua fría,
 rompiendo el aire,
y su supuesta armonía.

Era melodía.

Sonaba preciosa,
 leve, tenue y fuerte,
casi poderosa.

Y envolvente.
Como una noche suave y tibia,
perfectamente odiosa.

Sonabas a mar.
Y nunca creí en amar
y menos si es tan profundo como para ahogar a las personas.
Como para anegar.

Pero en ti sí,
porque, como las mejores mentiras,
sonabas a verdad.
















.

miércoles, 16 de julio de 2014

Palabras menores.



Qué importa si nadie viene a escucharnos,
si al menos, oímos nuestra voz.

Qué importa que no sepan de qué hablamos,
si tampoco esperamos contestación.

Qué importa, si nadie sabe dónde estoy,
si a nadie quise dar mi ubicación.

Y, qué importa, si nadie puede leer mi cara,
analfabetos en esperanza,
si lo que siento, lo traduzco en acción.


sábado, 12 de julio de 2014

Sonreía, y eso le bastaba.

Sonreía,
sin razón rebuscada.

Sonreía por el mero hecho de existir.
Sonreía, y le bastaba, era una forma de sentir.
                                                
Sonreía como lo deben de hacer las mamás primerizas de madrugada,
los jóvenes en ascuas,
y los niños cuando se les ocurre alguna genialidad por la que "alguien"
 se va a enfadar.

Y que aún así, hacen.

Con esa sonrisa vibrante,
excitada, exultante,
 y que se revela, silenciosa, en las comisuras,
como entusiasta, expectante.

Y ante todo,
felizmente aterrada.

Despavorida, amedrentada,
ante esa enorme, descomunal ignorancia:
 la suya.

Y embelesada,
por no tener el cómo, ni el qué, ni el cuándo,
ni mucho menos el dónde.

Maravillada ante la idea de irlos despejando;
de vivir.

Porque lo de menos, es contarlo.
Lo de más, disfrutarlo.
Ser feliz.

                                                                      A.C.J.