jueves, 20 de agosto de 2015

No me interesa.

« No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma »
Jiddu Krishnamurti




No me interesa
formar parte un mundo
en el que la individualidad
ha sucumbido al
rebaño.

En el que el tiempo
pasa a golpe de teclado,
los recuerdos
son terabytes;
y la vida,
 un puñado
de datos.

No me interesa tener
el mejor vestuario,
ni gastar mi futuro
(y muy hipotético)
 salario 
en renovar
una, y otra, y otra
vez
un armario.

Que ya está lleno; atestado,
para disimular
 un interior estanco,
muerto,
y empolvado
con kilos 
de mascarilla
antiarrugas,
antivida,
antiaños...

Que evitan
que al mirarte al espejo
recuerdes que tus días 
pasan en vano.

No me interesa.

No aspiro a casarme,
ni a tener una gran casa,
ni formar una familia
es mi meta.

Mi culmen en la vida
no es una hipoteca.

Y la libertad...
no quiero pagarla por letras.

Lo siento,
sé que no es lo que se espera.

Pero no me interesa.

Que sí, 
que sí. Que todo llega.
No pretendo planear
ni decidir lo que me espera.

Pero,
si de todas formas tengo que morir,
no quiero hacerlo a vuestra manera.

Así que...
quedaos siempre en casa;
no os rebeléis nunca
y no hagáis acto de presencia.

Aceptad lo que viene
sin querer (jamás, por Dios)
darle la vuelta.

Cumplid siempre las reglas
por absurdas que sean;
incluso las no escritas,
las que solo están en vuestra cabeza.

Quedaos,
quedaos en esa cómoda indiferencia.

No me interesa.

Quedaos con vuestra vida
caminando de puntillas,
y seguid con las competiciones:
a ver quién abre menos 
la cabeza.

Con vuestras calles cerradas,
los guiones pautados,
y los teatros de marionetas.

Los prejuicios,
los miedos,
y todas,
todas vuestras incoherencias.

¡¡¡Quedáoslo,
quedáoslo,
quedáoslo !!!

Porque a mí ...

no me interesa.

A.C.J.











martes, 11 de agosto de 2015

Visitas de tu espectro

A veces te recuerdo.

Poco a poco.

Yo no quiero
pero llamas a la puerta
y no,
nunca cierro.

Y sí,
siempre lo sabes:
está abierto.

Por eso,
entras a hurtadillas
a liberarme
de tu destierro.

A romper
la sugerencia
de alejamiento.

Y a hacer añicos
todos esos cuentos
que sólo decían
"no ha vuelto,
ha muerto".

Tuve que quemar todos los recuerdos.

Vienes descalzo,
y llegas a mi cuarto.

Me miras en silencio.

Y te vas.

Porque tú también eres un recuerdo.

Y estás ardiendo.

A.C.J.















martes, 7 de julio de 2015

Como las olas. << S'ha de reiniciar >>



 El mar está ronco, y habla de historias abruptas que no se quieren dejar contar. 
Que salpican, y corrompen, que no son como las demás.

Dicen que cuando hay tormenta, llegan tus momentos más apacibles. 
Que entonces tus ojos se calman, y, casi,
pareces accesible.

 Dicen que te recuerda a tu hogar. 

Que creciste a destiempo, y que vives a deshora.
 Que te ensombreces cuando piensas, y que, a veces, ríes cuando lloras.

Que no sabes hablar. Que no te saben escuchar. 
Y es que no sabes pensar en su idioma.

Porque sus palabras te pesan demasiado, y sus ideas...
sus ideas se duermen a sí mismas,
con todas esas convicciones que no dejan correr el aire,
y sus preocupaciones, nimias.

De hecho, no quieres, jamás,
 ni por asomo, oír hablar 
de pensar en ese idioma. 

Que se afina en clave desespero,
con quejido permanente sostenido.

Donde el "yo" siempre es mayor,
y el "tú", menor,
y las palabras quedan reducidas a sonidos.

Donde no importa tanto lo que eres,
como lo que llevas en los bolsillos.

Dicen que el otro día te vieron hablando sola. 
Y que cuando cantas desafinas,
y entonces te ríes, que es cuando lloras, y dices que no, 
que  tú sólo desentonas.

Como un trocito de nieve en el desierto, 
como una pieza en el puzzle equivocado, y el lugar correcto,
como unos tacones de aguja en un concierto.

Siempre tan fuera de lugar,
y tan en lo cierto.

Dicen que sólo sabes romper.
 Y que por eso te comparan con las olas. 

Que a veces, te alzas, con tanta fuerza,
que no pareces tan inofensiva.

Y que luego te retiras, 
y vuelves mar adentro,
con la mejor de tus resacas,
para volver a enmarañar el tiempo.

Buscando algún recuerdo
que traer a la deriva.

Y es que si la irrealidad emborracha,
 la sobriedad te deja en carne viva.


Dicen que te has perdido,
que nunca te gustaron los caminos.

Que te perdiste en otros ojos,
y que no volviste
a ver
 lo mismo.

Que eres el eco
de los restos
de las ruinas
de una especie de mito.

Pero yo,
que te veo desde dentro,
simplemente creo
que te aburres.

Que te aburre lo normal,
la misma forma de mirar,
que te dedicas a cazar momentos,
y a salvarlos de morir aplastados
bajo el peso de la mediocridad.

Que se te atragantan
las palabras por compromiso,
las cosas forzadas,
y los gestos vacíos.

Y todas esas personas diferentes,
disfrazadas de lo mismo,
que respiran sin hacer ruido,
como si la vida fuera un  mero formalismo.

Por supuesto que no quieres,
nunca, jamás,
hablar
de pensar en ese idioma.

Que ni siquiera
 concibe los silencios.

Que padece
Horror vacui;
tal vez tengan miedo de mirarse por dentro.

Y necesitan ruido,
todo el rato ruido.

Necesitan
no mirarse a los ojos cuando hablan.
Necesitan
una atmósfera cargada
de estímulos,
para apreciar, con suerte, alguno.

Necesitan
que el tiempo corra,
que les falte,
para sentir que van a alguna parte.

Para sentir que van hacia adelante,


Necesitan

llenar su boca de palabras
ligeras
que roben espacio al aire.

Necesitan muchas cosas.

Y ninguna es importante.

Todavía se preguntan
por qué no quieres acercarte.

No entienden
lo poco que pesan
las cosas llenas,
y que las vacías
lo seguirán siendo,
por mucho que las recarguen.

Necesitan muchas cosas.

Y no se dan cuenta
de que ése,
y no otro,
es su verdadero lastre.


A.C.J

















jueves, 25 de junio de 2015

Punto... y coma.

Supongo
que estaba perdida
asida a una tabla,
en el mar esa noche.

Supongo que el oírte fue como oír a la vida.

Con tu luz,
tu voz,
que gritaba
"respira".

Me recogiste,
me dijeron que me vestiste.

Estaba fría.

Pálida como la nieve,
 y no sufría.

Me apagaba como una vela
al consumirse.

Me marchaba
sin despedirme.

Siempre preferí viajar sin equipaje.

Te oía, a lo lejos,
me pedías quedarme.

Pero
por primera vez me sentía plena.

No había barreras,
ni límites, ni puertas.

La piel, ya no era mi frontera,
y se habían desvanecido los barrotes de mi celda.

Me sentía etérea,
vacía,
y llena.

Y te seguía oyendo,
más tenue,
<< por favor,
por favor, despierta >>.

Y te descomponías en toda una retahíla
de las cosas maravillosas
que iba a perderme.

Tu voz más débil,
y mi pulso, intermitente.    

¿Qué le dirías a alguien
a quien tuvieras que alejar de la muerte?

                                   
                                                                 A.C.J.




lunes, 18 de mayo de 2015

Sucesiones

Y otro día soleado en Cádiz,
por ejemplo,
digo yo.

Mientras, 
a miles kilómetros,
intento decidir con pragmatismo si de verdad puede interesarte cualquiera de las cosas
fútiles que estaba pensando en decirte.

Trato de confeccionar un plan de huida para desaparecer elegantemente cuando concluyo
 que no.

Me decepciono al confirmar que evaporarse como una gota de lluvia queda fuera de mis posibilidades.

Y entonces, simplemente, retrocedo. Me voy sin hacer ruido. Sin tener que abrir la puerta.
Sin cerrarla. 

E intento olvidar sus coordenadas por si me apetece volver.

Y maldigo mi buena memoria.
 Selectiva. 

Y vuelta a empezar.





domingo, 1 de febrero de 2015

Improbable.

Es como tener la oportunidad de llevar a alguien dentro.

De invitarlo a pasar.

Pero teniendo todo hecho un desastre.

Y no es que esté desordenado, o mal iluminado.

Lo que ocurre, es que es así.

Y, además, no hago absolutamente nada por ocultarlo.

Pero no parecen importarle los cristales por el suelo, ni las cortinas a medio descolgar.

Tampoco ha hecho ademán de querer recogerlo, ni de tener ningún interés en dar la luz,
ni ha huido despavorido.

No ha traído condiciones, ni cláusulas vinculantes,
ni montañas de preguntas que claman respuesta.

Simplemente, ha venido.

Y le he pedido que se quede.

sábado, 31 de enero de 2015

Abreacción. Una crónica, y veintiún conciertos.




Y están muy bien los portazos,
los ya no,
ya no vuelvas.

Está muy,
muy bien,
que desaparezcas. 

No me gustan las cadenas,
y jamás
 te hubiera puesto una.

Pero, por favor,
la próxima vez,
 cierra la puerta.

Porque, a veces,
todo se queda en silencio
y te oigo cantarle a otra persona.

Y entonces yo canto más alto,
y más,
y más,
hasta que me duele la garganta.

Y me quedo callada,
temblando. 

Y vuelvo a abrir los ojos, 
y sigo allí de pie.
La gente ni se ha inmutado. 

Nadie ha visto el terremoto,
ni cómo se me están cayendo 
las palabras
de las manos.

Y nadie las oye golpear contra el suelo,
y hacerse pedazos.

Porque tú sigues cantando.

Y yo sigo allí plantada.

Te juro que intento correr,
pero las piernas no me hacen caso.

Y sigo allí, sin ver, pero mirando,
atrapada en un flashback
en el que también estás cantando.

Pero acaricias las palabras,
que me llegan en susurro,
y me das la mano.

Y yo te miro, 
te estás acercando;
y esta vez no tengo balas,
y, esta vez,
no disparo.