martes, 7 de julio de 2015

Como las olas. << S'ha de reiniciar >>



 El mar está ronco, y habla de historias abruptas que no se quieren dejar contar. 
Que salpican, y corrompen, que no son como las demás.

Dicen que cuando hay tormenta, llegan tus momentos más apacibles. 
Que entonces tus ojos se calman, y, casi,
pareces accesible.

 Dicen que te recuerda a tu hogar. 

Que creciste a destiempo, y que vives a deshora.
 Que te ensombreces cuando piensas, y que, a veces, ríes cuando lloras.

Que no sabes hablar. Que no te saben escuchar. 
Y es que no sabes pensar en su idioma.

Porque sus palabras te pesan demasiado, y sus ideas...
sus ideas se duermen a sí mismas,
con todas esas convicciones que no dejan correr el aire,
y sus preocupaciones, nimias.

De hecho, no quieres, jamás,
 ni por asomo, oír hablar 
de pensar en ese idioma. 

Que se afina en clave desespero,
con quejido permanente sostenido.

Donde el "yo" siempre es mayor,
y el "tú", menor,
y las palabras quedan reducidas a sonidos.

Donde no importa tanto lo que eres,
como lo que llevas en los bolsillos.

Dicen que el otro día te vieron hablando sola. 
Y que cuando cantas desafinas,
y entonces te ríes, que es cuando lloras, y dices que no, 
que  tú sólo desentonas.

Como un trocito de nieve en el desierto, 
como una pieza en el puzzle equivocado, y el lugar correcto,
como unos tacones de aguja en un concierto.

Siempre tan fuera de lugar,
y tan en lo cierto.

Dicen que sólo sabes romper.
 Y que por eso te comparan con las olas. 

Que a veces, te alzas, con tanta fuerza,
que no pareces tan inofensiva.

Y que luego te retiras, 
y vuelves mar adentro,
con la mejor de tus resacas,
para volver a enmarañar el tiempo.

Buscando algún recuerdo
que traer a la deriva.

Y es que si la irrealidad emborracha,
 la sobriedad te deja en carne viva.


Dicen que te has perdido,
que nunca te gustaron los caminos.

Que te perdiste en otros ojos,
y que no volviste
a ver
 lo mismo.

Que eres el eco
de los restos
de las ruinas
de una especie de mito.

Pero yo,
que te veo desde dentro,
simplemente creo
que te aburres.

Que te aburre lo normal,
la misma forma de mirar,
que te dedicas a cazar momentos,
y a salvarlos de morir aplastados
bajo el peso de la mediocridad.

Que se te atragantan
las palabras por compromiso,
las cosas forzadas,
y los gestos vacíos.

Y todas esas personas diferentes,
disfrazadas de lo mismo,
que respiran sin hacer ruido,
como si la vida fuera un  mero formalismo.

Por supuesto que no quieres,
nunca, jamás,
hablar
de pensar en ese idioma.

Que ni siquiera
 concibe los silencios.

Que padece
Horror vacui;
tal vez tengan miedo de mirarse por dentro.

Y necesitan ruido,
todo el rato ruido.

Necesitan
no mirarse a los ojos cuando hablan.
Necesitan
una atmósfera cargada
de estímulos,
para apreciar, con suerte, alguno.

Necesitan
que el tiempo corra,
que les falte,
para sentir que van a alguna parte.

Para sentir que van hacia adelante,


Necesitan

llenar su boca de palabras
ligeras
que roben espacio al aire.

Necesitan muchas cosas.

Y ninguna es importante.

Todavía se preguntan
por qué no quieres acercarte.

No entienden
lo poco que pesan
las cosas llenas,
y que las vacías
lo seguirán siendo,
por mucho que las recarguen.

Necesitan muchas cosas.

Y no se dan cuenta
de que ése,
y no otro,
es su verdadero lastre.


A.C.J

















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