sábado, 31 de enero de 2015

Abreacción. Una crónica, y veintiún conciertos.




Y están muy bien los portazos,
los ya no,
ya no vuelvas.

Está muy,
muy bien,
que desaparezcas. 

No me gustan las cadenas,
y jamás
 te hubiera puesto una.

Pero, por favor,
la próxima vez,
 cierra la puerta.

Porque, a veces,
todo se queda en silencio
y te oigo cantarle a otra persona.

Y entonces yo canto más alto,
y más,
y más,
hasta que me duele la garganta.

Y me quedo callada,
temblando. 

Y vuelvo a abrir los ojos, 
y sigo allí de pie.
La gente ni se ha inmutado. 

Nadie ha visto el terremoto,
ni cómo se me están cayendo 
las palabras
de las manos.

Y nadie las oye golpear contra el suelo,
y hacerse pedazos.

Porque tú sigues cantando.

Y yo sigo allí plantada.

Te juro que intento correr,
pero las piernas no me hacen caso.

Y sigo allí, sin ver, pero mirando,
atrapada en un flashback
en el que también estás cantando.

Pero acaricias las palabras,
que me llegan en susurro,
y me das la mano.

Y yo te miro, 
te estás acercando;
y esta vez no tengo balas,
y, esta vez,
no disparo.