jueves, 27 de marzo de 2014

Cuando miré al amor a los ojos.



Caminaba por un paseo, que parecía consistir en una recta interminable.
¿Habéis estado en el Retiro? Se daba un aire. 

Vi a varias parejas, iban de la mano. Bañadas en sirope y cubiertas de azúcar glass. 
 Acarameladas, y nunca caramelizadas. No sabían de ternura.

Otras, que se devoraban, rugiendo hasta las entrañas, queriendo siempre más. 
Tampoco sabían de amor.
También pasé de largo.

Y seguí caminando.

Al  fondo, escondido tras el cartel de lo inescrutable, se encontraba él. O ella. No lo sé, porque sólo vi a una persona, en su valor más absoluto. 

Tenía los rasgos finos.
Y unos ojos profundos. Profundísimos. En ellos vi el vacío, pero un vacío que acogía a más de media ciudad.

Un vacío que se sabía la mitad exacta de nada.

En lo más hondo, a lo que me referiré, desde entonces, desde ahora, como hogar,
había tristeza, pero no era desdichada.
La mecía, la acunaba, 
hacía que el mimbre hablara, entre quejidos, de luces y marejadas. 

Y eso que apenas sabía andar.

Tenía las manos ensangrentadas, pero no rojas: era tinta.
Tenía algo su rostro de demacrado, ojeras, y los labios cortados. 

De las cartas que aún mandaba en cada cumpleaños.
 (Y a quién le importaba)

Era dolor, raído y desgarrado. 
Y por dentro, era de colores.
Los más vivos, los más raros.

Era un castillo derruido, un ventanal desvencijado.
Un tapiz hecho girones, una voz hecha pedazos. 

Ronca, rota y quebrada. 
A trazos.

Y era precioso.

Porque si algo es la belleza,
Es subjetiva. 

Una mujer con arrugas en la piel y manos cartografiadas,
y la mirada más que viva,
con más comprensión que añoranza,

a lo lejos,

Sonreía. 



martes, 11 de marzo de 2014

Latidos de Brocado

Convertimos la vida en una sucesión incesante de procesos sin respiro, y aún así entrecortados, en la que, de fondo, tenues, de vez en cuando, pueden escucharse nuestros latidos.

Latidos de brocado. 


Latidos jondos, hondos, flamencos y artesanos. 


Cincelados, en parte con los golpes,

en parte con los años.

Unos toscos, otros crueles;

no respectivamente,
sino indiferenciados. 

Todos más breves que un verano, 

y tanto nos calan, 
que nos tratan de cigarro.
Y como tal, acabamos en el suelo,
 a pedazos, consumidos 
y nunca consumados.

Estampida de momentos que descarrilan con bandazos.


Y todos saben doler. 

Todos saben guarecer,

todos saben guarnecer con repujados, 
todos quieren ser quien remiende los desgarros. 

Pocos saben querer. 


De forma que aquí estamos,

quedamos los de siempre.
Nauseas y portazos en el vientre. 

Son los gritos de presidio

en las gargantas. 

Son las verdades,
que cuando se escapan,
se tildan de erratas.

Es el mundo, que siempre se tambalea

y no hay lugar para el alma
en clase preferente.

 El mensaje son los sujetos nocionales,
disfrazados de intendente.

Faltan asientos y sobran referentes.

Es el mundo,

que vive en tormenta permanente. 

Y son las personas el origen de las turbulencias. 

  
Es el tiempo,
 que no separa el imperativo "yerra",
del concepto de  experiencia.