Están muy bien los portazos,
los ya no,
ya no vuelvas.
Está muy,
muy bien,
que desaparezcas.
No me gustan las cadenas,
y jamás
te hubiera puesto una.
Pero, por favor,
la próxima vez,
cierra la puerta.
Porque, a veces,
todo se queda en silencio
y te oigo cantarle a otra persona.
Y entonces yo canto más alto,
y más,
y más,
hasta que me duele la garganta.
Y me quedo callada,
temblando.
Y vuelvo a abrir los ojos,
y sigo allí de pie.
La gente ni se ha inmutado.
Nadie ha visto el terremoto,
ni cómo se me están cayendo
las palabras
de las manos.
Y nadie las oye golpear contra el suelo,
y hacerse pedazos.
Porque tú sigues cantando.
Y yo sigo allí plantada.
Te juro que intento correr,
pero las piernas no me hacen caso.
Y sigo allí, sin ver, pero mirando,
atrapada en un flashback
en el que también estás cantando.
Pero acaricias las palabras,
que me llegan en susurro,
y me das la mano.
Y yo te miro,
te estás acercando;
y esta vez no tengo balas,
y, esta vez,
no disparo.