Las calles empedradas me han visto
recorrerlas mirando al suelo más de una y de dos veces. Las ventanas de los
edificios me conocen por mi nombre y el embarcadero parece que me dice “ven”. Y
eso que nos conocemos sólo de dos noches mal contadas.
Sin embargo, cuando vuelva no me van a
conocer. Porque ya no camino cabizbaja. Ni estrello miradas contra el suelo,
que en realidad no me había hecho nada.
El aire se va a estremecer, porque no va
a encontrar mi sonrisa fusilada. Y las flores van a respirar tranquilas, porque
no las desvisto con la mirada. Ya me da igual si tienen quince, dieciséis o veintidós pétalos. El aire ya no estará viciado de
suspiros. Y el cielo ya no será único
receptor de mis gritos en ultrasonidos.
Y la luna, la luna siempre va a estar llena. Si
bien, la parte no visible la llenaré con lo que queda. Las sonrisas agridulces
y los cascos de cerveza. Porque la parte de cal debería ser proporcional a la
de arena. Y ahora entiendo porqué parece tan blanca Catalina.
Y no voy a esperar encontrarme nada nuevo
al doblar cada calle. Y la vida tiembla, porque la van a morder, con labios
rojos color manzana. El verde se lo dejo a la esperanza. Y la esperanza, a su
vez, a los que esperan.
Yo me voy a dedicar a vivir la vida a mi
manera. Y que luego, si gustan, critiquen. Para
gustos, en la entrada tienen su bandeja. Que se sirvan, hay cola de reclamaciones y
pocas sugerencias. Depositar junto a la puerta. El montón pequeño es el que
leo. No dejo que se acumulen. ¿Para el resto? Indiferencia. Que adivinen cuál
es cuál.
Mis gracias, sinceras, a los que me han hecho ver la
vida tan bonita. Mis días, para los que me hicieron, y hacen, verla bella.
A.C.J.
A.C.J.
