Los suspiros, los llantos,
los gritos ahogados,
alaridos, muecas, risas y arañazos.
Desvelos de madrugada,
batallas a paso marcado,
caídas plausibles y esbozos arrugados.
Omisiones admisibles, sueños pausados.
Años febriles y relojes ajados.
La moneda, de canto.
Y siempre letras sin sentido,
y sentidos sin ser contados.
Siempre, vestimenta sin latidos,
pensamientos exiliados.
El silencio por valido,
bramidos, estallidos,
cosidos a balazos.
Camina, el descreído,
desguarnecido, pero sin flechazos.
Esperanza viste de esperanto,
dice que no quiere descosidos,
que no coexiste con desencantos.
Que hagamos de los ojos lenguaje universal,
y por toda norma gramática,
propongo la ley circunstancial.
Tienes tres gotas de tinta,
y seis mil palabras a matizar,
resume, cita, concisa:
que todo lo que hagas, sea de verdad.
A.C.J.
martes, 17 de diciembre de 2013
lunes, 2 de diciembre de 2013
Puede que llegara a ser tanto lo que eché de menos, que tuve que escribirlo. Puede ser que no pudiera más y que en mis días comenzara a no rozar el suelo sólo con los pies. Puede que ya no encontrara calor en la ausencia presencial, porque había sublimado a presencia transitoria. Que fue presencia, en su único punto de tangencia, y luego, continuó.
Puede, que tienda a infinito, solo por la izquierda. Y eso, en el tiempo, no deja de ser pasado, que avanza hacia el pasado, y se perpetúa en sí mismo. Egocéntrico.
Una vorágine de ángulos atrapados en círculos concéntricos, que no saben de funciones necesarias para la vida. Que sólo saben hablar en condicional.
viernes, 20 de septiembre de 2013
Pleamar para las palabras
Son horas bajas de la madrugada, el día es joven, la noche es larga. Pleamar para las palabras. Hora punta para las calles abarrotadas de nadie. De todas formas, cuando se llenan de gente tampoco abundan las personas.
Es el momento de escribir mensajes y no enviarlos, el momento en el que alguien decide tirar la piedra, y no esconde la mano- pasará a los libros de historia-, de las cartas sin destino pero con destinatario, la hora exacta del temblor del pulso y del desasosiego de los labios- maldito voto de silencio-, es cuando los ojos tienen jornada de (com)puertas abiertas, cuando las omisiones empiezan a pesar, y cuando las ausencias hacen acto de presencia. Es el momento ideal, para botar un barco, y llamarlo inconsciencia.
Cuando la luna contempla, más sola que ninguna, los desatinos de los pobres ilusos de aquí abajo. Tristes hombres, dan toda su vida palos de ciego y cuando no pueden más, miran al cielo.
Se ríe. "Más sola que la luna", dicen, pero no saben que la perspectiva vale cualquier pena. Ostenta, además, el título de testigo silenciosa. Es odiosa: cada noche, sabe exactamente quién ríe, quién llora, quién sufre y quién siente, quién añora. Y también a quién no le importa en absoluto.
Y todo eso, se lo guarda, para ver cómo nos descuartizamos, nos minamos unos a otros, desde dentro hacia afuera, hasta que finalmente el alma se muda: fue demasiado una vida entera.
Son horas bajas de la madrugada, pleamar para las palabras, y no hay nadie que escuche ahí fuera.
No hay nadie, que comprenda una espera.
A.C.J.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
La brisa, marina. Y las palabras, con nitroglicerina.
A veces, o escribes sobre papel, o déjalo. Si no vas a querer de verdad, ni lo intentes. La risa, a carcajadas. Los tontos, a patadas. Así que intenta no ser como todos.
Los retos, se rompen y las penas, se superan, nadie dijo nada de olvidar.
Los secretos sólo lo son cuando nadie más lo sabe. Y ya todos nos hemos dado de bruces con el famoso "nunca es tarde." . Si quieres algo, a por ello. Porque, por si la memoria te falla, ya pediste préstamos al tiempo, y tuviste que pagar con intereses cuadruplicados.
Las promesas, nunca al aire. ¿No sabes que puedes ilusionar? Y, la verdad, no hay nada más hermoso. Pero tampoco más peligroso. Ni nada más silencioso, que una ilusión despedazándose. Porque, al fin y al cabo, nadie oye a un corazón resquebrajarse.
Y sus esquirlas se clavan por dentro. Enfriando la sangre. Atrofiando los latidos y atorando los sentimientos; Algunos ingenuos lo llaman madurar.
No olvides, que no hay nada de malo en llorar- tampoco se trata de acabar con las grandes sequías en el mundo. Pero es garantía de haber sentido de verdad. Un viejo amigo me dijo, en su día, que nunca hay que arrepentirse de eso. No tardó mucho en desertar. En olvidarse, en echar a volar.
Cuando los ojos te pesen tanto como a mí, tanto, como los motivos para seguir, ciérralos.
martes, 17 de septiembre de 2013
Que sean costumbre, sin ser rutina.
Todo el mundo tiene una trampilla, debajo de alguna alfombra, en lo alto de alguna buhardilla, interna, por supuesto: en su cabeza. Algunos un poco más oculta aún, en el falso fondo del corazón. Entre dobleces de cosas que siempre llevamos, una etiqueta, un roce de manos.
Un trampilla que abrimos para huir, cuando buscamos que todo vaya un poco mejor, que el mundo parezca más feliz, que el cielo tenga más color. Que los buenos gestos sean costumbre, sin ser rutina, de cada día.
Algo idealizado todo esto quizá, pero son nuestras ilusiones y las adornamos cuanto queremos.
Huimos del frío, buscamos un enero acogedor.
A veces, estas trampillas, no conducen a lugares, sino a personas. Y donde unos guardan un trocito de mundo, otros guardamos a quien hay detrás de una sonrisa. Y mira que hay que ser grande para sustituir a un pedazo de universo. Y mira que hay que ser grande, para que alguien te considere concepto de su bienestar. Para que alguien se atreva a llamarte, "felicidad".
viernes, 13 de septiembre de 2013
"Entonces, escribo"
Que por qué escribo cosas tristes. Y que por qué parece que visto mis paredes de luto por dentro. Yo bajo la mirada. Digo que contrasta con las luces de fuera, no deja de ser cierto.
Es complicado. No quiero que me tomen por loca. Ni tampoco me llena que lo hagan por cuerda.
No se escucha nada, las palabras, como un arpón: silencio de negra.
Hay una extraña belleza en la tristeza. Párate a pensar. Las canciones más bonitas, son las de quebranto. Las poesías no escritas, se descifran entre llantos. Hay algo, en una tela desgarrada, que la acredita como superviviente.
Quiero decir, que hay algo de poético en esa frialdad que dice ser auto-suficiente. Claro que mientras no miramos, se descose a navajazos la sonrisa de la que depende.
Licencia para reír en un mundo hiriente.
Es complicado. No quiero que me tomen por loca. Ni tampoco me llena que lo hagan por cuerda.
No se escucha nada, las palabras, como un arpón: silencio de negra.
Hay una extraña belleza en la tristeza. Párate a pensar. Las canciones más bonitas, son las de quebranto. Las poesías no escritas, se descifran entre llantos. Hay algo, en una tela desgarrada, que la acredita como superviviente.
Quiero decir, que hay algo de poético en esa frialdad que dice ser auto-suficiente. Claro que mientras no miramos, se descose a navajazos la sonrisa de la que depende.
Licencia para reír en un mundo hiriente.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Más etéreo que el olvido, el recuerdo, el reencuentro.
Hay ocasiones,
en las que el choque de dos recuerdos,
es responsable de ondas expansivas, que podrían considerarse lo más gélido, de
la guerra fría.
Dos miradas se entrelazan. Se crea una
corriente al momento. Y parece que quieren conocerse desde siempre, por fuera y
por dentro.
No recuerdan
bien. Tienen la sensación de haber coincidido en alguna otra vida. O de tener
alguna pendiente en común.
Las líneas,
resultan conocidas. Dos miradas perdidas se encontraron. Una niña y un niño.
Juntos, sin tocarse, y de la mano.
La piel marchita,
las arrugas infinitas. Historias que se ahogan en una sonrisa, que surca una
cara, doblegada a las inclemencias del tiempo.
Se pronuncian
primero los labios: se curvan hacia arriba. Pero despacio. Muy despacio. Ya
hubo tiempo de correr, y ya saben lo que es salirse por la tangente.
Por unos
segundos, se agrieta el muro de cristal, se resquebraja el velo del olvido.
Una chispa prende
los ojos que un día conocieron, el cariño de otro ser vivo.
Ella no entiende,
por qué le tiembla el pulso.
Él no comprende,
cuándo la juventud cayó en desuso.
Se miran las canas, unas cuantas lloviznas más viejas.
Como si fueran metáfora del sueño que ha dormido sus desvelos. Ahora son dos
extraños, atrapados en una realidad que solo conocen ellos. Y confunden caras,
días, y persiguen sueños.
Alguien le ha
dado un nombre a esa situación, pero es más fácil decir que sólo han olvidado
recordar quiénes eran, quiénes son.
Y esas caras, que
se miran, se han rozado en el viaje de la vida, y han significado tanto, que se
recuerdan incluso sin saberlo. Y el recuerdo produce un instante de lucidez,
que dice más de lo que puede decirse en años enteros de ella.
Se miran, y
entienden, de pronto, antes de volver a preguntar "¿Disculpe, le
conozco?".
Volvía.
Las calles volvieron a llenarse. Las flores presidían la ciudad, de nuevo, desde lo alto. Y serpentinas kamikazes volando.
Volvían a escucharse risas de fondo, el estrepitoso silencio del aforo ilimitado. Volaban papelinas que nadie veía, tráfico ilegal de sonrisas.
Los papeles de colores volvían a rendirse a la fiesta dejándose morir, arrollados por las carrozas. Aceptaban ser pisoteados por el mundo, y a cambio eran testigos silenciosos de las historias más inverosímiles al calor de la confusión de la muchedumbre. Coriandoli, dicen los italianos.
Una flor, seca, recuerdo expreso de aquel mismo día, pero no de ese año.
Volvían. Todos volvían. También la idiota del corazón en llamas. Bajo la lluvia de confeti y la guerra de tambores y trompetas, por momentos aquello se detenía. Y por momentos, levantaba la mirada y lanzaba una especie de ultrasonido al cielo, que solo quería decir, "sácame de aquí", al tiempo que echaba amarras al suelo, para asegurarse de que nadie lo hiciera.
Volvían a escucharse risas de fondo, el estrepitoso silencio del aforo ilimitado. Volaban papelinas que nadie veía, tráfico ilegal de sonrisas.
Los papeles de colores volvían a rendirse a la fiesta dejándose morir, arrollados por las carrozas. Aceptaban ser pisoteados por el mundo, y a cambio eran testigos silenciosos de las historias más inverosímiles al calor de la confusión de la muchedumbre. Coriandoli, dicen los italianos.
Una flor, seca, recuerdo expreso de aquel mismo día, pero no de ese año.
Volvían. Todos volvían. También la idiota del corazón en llamas. Bajo la lluvia de confeti y la guerra de tambores y trompetas, por momentos aquello se detenía. Y por momentos, levantaba la mirada y lanzaba una especie de ultrasonido al cielo, que solo quería decir, "sácame de aquí", al tiempo que echaba amarras al suelo, para asegurarse de que nadie lo hiciera.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Aún por mecer.
Ahora que calla la luna,
el crepitar de las notas viejas,
marchitas aquellas letras,
que no saben qué decir.
Es ahora, que pareces dormir,
cuando vengo a susurrar,
de las cavernas que hay en mí,
mis ecos de frialdad.
Mis grietas de amor, justicia, y soledad.
Mis piedras, son mil, caminos por andar.
Sonreír, se puede sonreír,
hasta que el sol deje de brillar.
Pero lo de vivir, eso,
necesita más continuidad.
Mis vacíos, mis avernos,
mil abismos.
Mis miedos, mis inviernos,
son los mismos.
Las palabras, para agujerear la piel.
Los clavos, serán esta vez cincel.
A tratar, antecedentes de futuro,
futuros de antes de ayer.
Gestos deleznables,
motivos, para dejarlos ver.
Razones, para ser.
Dolor, hay que crecer.
Risas, para saber,
que la cuna de cada mañana,
está aún por mecer.
el crepitar de las notas viejas,
marchitas aquellas letras,
que no saben qué decir.
Es ahora, que pareces dormir,
cuando vengo a susurrar,
de las cavernas que hay en mí,
mis ecos de frialdad.
Mis grietas de amor, justicia, y soledad.
Mis piedras, son mil, caminos por andar.
Sonreír, se puede sonreír,
hasta que el sol deje de brillar.
Pero lo de vivir, eso,
necesita más continuidad.
Mis vacíos, mis avernos,
mil abismos.
Mis miedos, mis inviernos,
son los mismos.
Las palabras, para agujerear la piel.
Los clavos, serán esta vez cincel.
A tratar, antecedentes de futuro,
futuros de antes de ayer.
Gestos deleznables,
motivos, para dejarlos ver.
Razones, para ser.
Dolor, hay que crecer.
Risas, para saber,
que la cuna de cada mañana,
está aún por mecer.
Está excusado si alguna vez le duele el pecho.
Hoy, vi llorar a un chico. Al más fuerte, al más grande, al más niño. Al más entusiasta, al que quiere ser el número uno entre los números uno. El que lo da todo en cada paso. El de la sonrisa inmensa. El que nunca imaginas destrozado.
Y en ese momento se me antojó tan grande, que desde entonces no queda sitio para duda alguna, de que está excusado si alguna vez le duele el pecho, por tener semejante corazón.
Y en cada sollozo, vi a otros tantos. Y todos tenían el mismo puñal hendido, sacado con giros de muñeca, que disfrazan en forma de inocentes mariposas.
Y en ese momento se me antojó tan grande, que desde entonces no queda sitio para duda alguna, de que está excusado si alguna vez le duele el pecho, por tener semejante corazón.
Y en cada sollozo, vi a otros tantos. Y todos tenían el mismo puñal hendido, sacado con giros de muñeca, que disfrazan en forma de inocentes mariposas.
lunes, 12 de agosto de 2013
Incursión nocturna desde las alturas.
Aprovecho la sinceridad que me brinda la falta de luz. La sutileza impropia de la juventud.
La franqueza que me evoca la templanza de las farolas, la intermitencia de esa estrella, el ulular de las olas.
Aprovecho para admitir, que guardaba con cariño cada ápice de dolor, que lo cuidaba, cultivaba y dormía con su olor.
Manías de romántica empedernida.
Subsisto a carcajadas, escribo a suspiros y vivo a bocanadas.
Los silencios de comas suspensivas, la continua búsqueda de ideas subversivas.
Aprovecho para decir, que intento dejarlo, que he dejado la vieja costumbre de ir pisando charcos.
Que intento romperme un poco menos, pero ocurre algo, encuentro belleza en lo amargo.
A.C.J.
jueves, 1 de agosto de 2013
Por vivir sintiendo, sabe que ha vivido.
Hoy, amagué con olvidar. Todavía no cobran la intencionalidad. Es cuando has cerrado los ojos, respiras otro mar, navegas otro aire, otra luna en tu cristal. Es entonces, cuando los mejores y mayores mazazos que el tiempo- que nunca controlaste- reservó para ti, se lanzan al vacío. Objetivo prefijado en tu frente.
Explosivos, de forma inherente.
Por misión llevan despertar el recuerdo. Remover, de fachada para adentro. Para ello, colocados estratégicamente.
Fieles aliados de aquel "Recuerde el alma dormida". ¿Su política? Agresiva: una herida cerrada es transgresiva.
Y cultivan terrenos baldíos de cicatrices. No escatiman en matices. Torneados con sonrisa de medio punto, labrados con nostalgia de futuro, las púas, impregnadas en cianuro.
Y golpean sin su peso, las palabras a distancia,
"me voy, me marcho", dicen, tiene su gracia.
Encierra a ese corazón de los días de pulso débil, al de los titubeos, los crímenes sin un móvil. Autor de las cartas a fuego lento, artesano de escalofríos, no siempre con fundamento.
Al que provocaba el temblor de tu boca, el que construyó el dique, donde tus ojos filtran lo que dicen. Al que te contuvo con los nervios a flor de piel. Quien tuvo retuvo, y quien no, nunca debió tener. Al de la sonrisa dulce y la mueca de hiel. El que te sostuvo, cuando la sangre no quería correr.
Habitante de cada invierno. Dicen que es el frío quien se abriga cuando sale.
Enciérralo y tira la llave, a la alcantarilla donde guardes tus logros, que no puedas compartir con nadie.
Que por soñar despierto, teme vivir dormido. Pero que por vivir sintiendo, sabe que ha vivido.
A.C.J.
Explosivos, de forma inherente.
Por misión llevan despertar el recuerdo. Remover, de fachada para adentro. Para ello, colocados estratégicamente.
Fieles aliados de aquel "Recuerde el alma dormida". ¿Su política? Agresiva: una herida cerrada es transgresiva.
Y cultivan terrenos baldíos de cicatrices. No escatiman en matices. Torneados con sonrisa de medio punto, labrados con nostalgia de futuro, las púas, impregnadas en cianuro.
Y golpean sin su peso, las palabras a distancia,
"me voy, me marcho", dicen, tiene su gracia.
Encierra a ese corazón de los días de pulso débil, al de los titubeos, los crímenes sin un móvil. Autor de las cartas a fuego lento, artesano de escalofríos, no siempre con fundamento.
Al que provocaba el temblor de tu boca, el que construyó el dique, donde tus ojos filtran lo que dicen. Al que te contuvo con los nervios a flor de piel. Quien tuvo retuvo, y quien no, nunca debió tener. Al de la sonrisa dulce y la mueca de hiel. El que te sostuvo, cuando la sangre no quería correr.
Habitante de cada invierno. Dicen que es el frío quien se abriga cuando sale.
Que por soñar despierto, teme vivir dormido. Pero que por vivir sintiendo, sabe que ha vivido.
A.C.J.
Nao cuarteada
Era una nave varada,
paradero de las miradas tristes
que dedicamos al mar.
Era una noche estrellada,
con esa calma
que da solemnidad.
La mar, queda,
predispuesta para escuchar secretos.
La luna, se esperaba llena,
como las copas
donde se ahogan los lamentos.
Era barco sin marineros,
ni timonel, ni tampoco timón. Barco sin rumbo, ni velas, ni arrieros;
tampoco patrón.
Los farolillos, se apagaron,
la luna, no compareció.
Las estrellas al estrado,
el silencio presidió.
Se estremeció la polvareda,
presa de las grietas de cada listón.
En las balas, miradas resignadas,
eran carne de cañón.
Resquebrajadas las botellas de ron,
la proa, huérfana, sin mascarón.
No había botes a los lados,
por no haber, no había ni polizón.
Los barriles, sin manzanas,
no tenían a quien esconder.
Sólo el ancla huía lejos,
por la borda,
por los sueños del ayer.
De fondo, una voz ronca, cascada,
de las que tienen mucho que contar,
apagada, se la oye susurrar:
"Era nave varada,
paradero de las miradas tristes,
que dedicamos al mar.".
A.C.J.
Latidos de madera
Donde la memoria se quiebra,
donde acaba el camino,
donde comienzan los sueños,
a dar cuenta al olvido.
Cruzando el último destello,
que de su risa aún nos llega,
remachada con retales,
de latidos de madera.
Amagando en los portales,
amenaza con derrumbe,
avalanchas controladas,
no son marzas para octubre.
Común error,
pasos a ciegas,
mortales en su destino,
letales si no llegas.
Voces cansadas,
noches en vela,
susurros añejos,
beodos a secas.
Miradas a tientas,
el pulso en reserva,
gritos ahogados,
la almohada revienta.
Golpean pasos firmes
con aldaba sobre
cristales,
golpean las miradas,
salpicadas de verdades.
No confundir con señales,
lo que son casualidades.
No contar de diez en diez,
lo que viene por millares.
miércoles, 31 de julio de 2013
Adolece de ausencia
Tanto que vivir, y todos, tan ocupados en existir.
Quisiera rescindir,
descerrajar todos los grilletes,
eso sí, nadie puede decir,
que vengo con ribetes.
No quiero florituras,
ni florines,
nada de mosqueteros, caballeros,
ni flores, ni bombines.
No quiero camisas
con supuestos al uso de chorreras,
ni palabras de premisas,
que no son verdaderas.
No quiero cortesías,
y menos reverencias,
no hay verdad que no acarree,
una mínima violencia.
Adolece de ausencia,
pero acusa la presencia.
Cierra los ojos, recuerda.
sesenta y cinco millones de versos,
cuatro letras,
escueta.
Escribe,
se ausenta,
camina despacio hacia la obsolescencia.
Cierra,
y cuelga,
busca, callada, la estridencia.
Calmada, calada,
apura, conciencia.
Derruye, sentencia,
rehúye, ¿coincidencia?
Posa los ojos,
carretera de suspiros,
en la piel rastrojos,
presumible es el destino.
Respira sin prisa,
pero sin perder tiempo,
actúa indecisa,
pero férrea, de hielo.
Y forja los desvelos,
en la fragua de su bolsillo,
con más candor que Hefesto,
y no siempre con martillo.
No usa tenazas,
es inmune al fuego,
está hecha de sueños,
incandescentes pero tiernos.
Moldea, en lo que es el volcán de las palabras,
ríos de lava, encauzados,
sin filósofos que se arrojen a su vacío,
llora el Etna, eclipsado.
Susurra hasta la ronquez,
de un verano de ventisca,
y grita, hasta volver a su niñez,
que apenas lo divisa.
Un hilo de voz,
desde aquel niño calmado,
aún no lastimado,
que sonríe a corazón abierto,
desde las llagas del pasado.
.
Quisiera rescindir,
descerrajar todos los grilletes,
eso sí, nadie puede decir,
que vengo con ribetes.
No quiero florituras,
ni florines,
nada de mosqueteros, caballeros,
ni flores, ni bombines.
No quiero camisas
con supuestos al uso de chorreras,
ni palabras de premisas,
que no son verdaderas.
No quiero cortesías,
y menos reverencias,
no hay verdad que no acarree,
una mínima violencia.
Adolece de ausencia,
pero acusa la presencia.
Cierra los ojos, recuerda.
sesenta y cinco millones de versos,
cuatro letras,
escueta.
Escribe,
se ausenta,
camina despacio hacia la obsolescencia.
Cierra,
y cuelga,
busca, callada, la estridencia.
Calmada, calada,
apura, conciencia.
Derruye, sentencia,
rehúye, ¿coincidencia?
Posa los ojos,
carretera de suspiros,
en la piel rastrojos,
presumible es el destino.
Respira sin prisa,
pero sin perder tiempo,
actúa indecisa,
pero férrea, de hielo.
Y forja los desvelos,
en la fragua de su bolsillo,
con más candor que Hefesto,
y no siempre con martillo.
No usa tenazas,
es inmune al fuego,
está hecha de sueños,
incandescentes pero tiernos.
Moldea, en lo que es el volcán de las palabras,
ríos de lava, encauzados,
sin filósofos que se arrojen a su vacío,
llora el Etna, eclipsado.
Susurra hasta la ronquez,
de un verano de ventisca,
y grita, hasta volver a su niñez,
que apenas lo divisa.
Un hilo de voz,
desde aquel niño calmado,
aún no lastimado,
que sonríe a corazón abierto,
desde las llagas del pasado.
| Suances, 2013 (Sant Joan) |
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