Hay ocasiones,
en las que el choque de dos recuerdos,
es responsable de ondas expansivas, que podrían considerarse lo más gélido, de
la guerra fría.
Dos miradas se entrelazan. Se crea una
corriente al momento. Y parece que quieren conocerse desde siempre, por fuera y
por dentro.
No recuerdan
bien. Tienen la sensación de haber coincidido en alguna otra vida. O de tener
alguna pendiente en común.
Las líneas,
resultan conocidas. Dos miradas perdidas se encontraron. Una niña y un niño.
Juntos, sin tocarse, y de la mano.
La piel marchita,
las arrugas infinitas. Historias que se ahogan en una sonrisa, que surca una
cara, doblegada a las inclemencias del tiempo.
Se pronuncian
primero los labios: se curvan hacia arriba. Pero despacio. Muy despacio. Ya
hubo tiempo de correr, y ya saben lo que es salirse por la tangente.
Por unos
segundos, se agrieta el muro de cristal, se resquebraja el velo del olvido.
Una chispa prende
los ojos que un día conocieron, el cariño de otro ser vivo.
Ella no entiende,
por qué le tiembla el pulso.
Él no comprende,
cuándo la juventud cayó en desuso.
Se miran las canas, unas cuantas lloviznas más viejas.
Como si fueran metáfora del sueño que ha dormido sus desvelos. Ahora son dos
extraños, atrapados en una realidad que solo conocen ellos. Y confunden caras,
días, y persiguen sueños.
Alguien le ha
dado un nombre a esa situación, pero es más fácil decir que sólo han olvidado
recordar quiénes eran, quiénes son.
Y esas caras, que
se miran, se han rozado en el viaje de la vida, y han significado tanto, que se
recuerdan incluso sin saberlo. Y el recuerdo produce un instante de lucidez,
que dice más de lo que puede decirse en años enteros de ella.
Se miran, y
entienden, de pronto, antes de volver a preguntar "¿Disculpe, le
conozco?".

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