sábado, 6 de septiembre de 2014

Le pidió que le mostrara todos sus desgarros.

Le pidió que le mostrara todos sus desgarros,
y, envuelta en llamas como estaba, como vivía,
se soltó la melena,
que cayó,
rompiéndose en pedazos.

Y lo impregnó todo de sulfato
de paciencia infinita
y de historias a plazos.

En cada punta,
cabían mil retazos.

Caía sobre sus hombros,
lánguida como un suspiro,
y resbalaba por su espalda,
rompiéndole el vestido.

Enrevesada, como sus días más quiméricos,
y más introvertidos.

Descubrió unos ojos taciturnos, y ensombrecidos,
que guardaban un alma de nácar,
entre otros precipicios.

Y un halo anacrónico, y vetusto,
que miraba casi condescendiente al resto del mundo,
y un escalofrío.

Tenía tantos finales como principios.

Le dejó observar detenidamente todas sus miserias,
sin adornos, ni pudor, ni reservas.

Su pelo era del color de los recuerdos, y sus ojos, vendaval.
Era un caleidoscopio, y por dentro, de cristal.

Descubrió las llagas en sus manos, por haber naufragado, cortadas por la sal.
Y unos labios amoratados; firmado,
 caricias de la mar.

Tenía ojeras por exceso de sueños,
y en ellas mecía su desarraigo
para con la humanidad.

Pero iba descalza, incluso despeinada,
respiraba sin cuidado, y toda ella,
clamaba libertad.

Y comprendió que, a pesar de todo,
escondía el significado
de la palabra "felicidad".



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A.C.J. 












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