y, envuelta en llamas como estaba, como vivía,
se soltó la melena,
que cayó,
rompiéndose en pedazos.
Y lo impregnó todo de sulfato
de paciencia infinita
y de historias a plazos.
En cada punta,
cabían mil retazos.
Caía sobre sus hombros,
lánguida como un suspiro,
y resbalaba por su espalda,
rompiéndole el vestido.
Enrevesada, como sus días más quiméricos,
y más introvertidos.
Descubrió unos ojos taciturnos, y ensombrecidos,
que guardaban un alma de nácar,
entre otros precipicios.
Y un halo anacrónico, y vetusto,
que miraba casi condescendiente al resto del mundo,
y un escalofrío.
Tenía tantos finales como principios.
Le dejó observar detenidamente todas sus miserias,
sin adornos, ni pudor, ni reservas.
Su pelo era del color de los recuerdos, y sus ojos, vendaval.
Era un caleidoscopio, y por dentro, de cristal.
Descubrió las llagas en sus manos, por haber naufragado, cortadas por la sal.
Y unos labios amoratados; firmado,
caricias de la mar.
Tenía ojeras por exceso de sueños,
y en ellas mecía su desarraigo
para con la humanidad.
Pero iba descalza, incluso despeinada,
respiraba sin cuidado, y toda ella,
clamaba libertad.
Y comprendió que, a pesar de todo,
escondía el significado
de la palabra "felicidad".
.
A.C.J.

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